Domingo 16 de Octubre de 2016

† Carlos Suárez Cázares, Obispo Auxiliar de Morelia

¿Quién iba a imaginarlo algún día? Que un jovencito michoacano de 14 años y once meses fuera declarado Santo por un Papa en la Basílica de San Pedro en Roma, parecía algo imposible. Su vida era conocida en los alrededores de Sahuayo, su tierra de origen, y acaso alcanzaba hasta Zamora, la ciudad más cercana y sede de la Diócesis del mismo nombre desde fines del Siglo XIX, pero hasta ahí. Se comenzó a mencionar su nombre como digno de ser llevado a los altares, con ocasión de la Canonización de los primeros mártires cristeros por San Juan Pablo II en el Jubileo del Año 2000. ¿Y por qué no Joselito?

Sahuayo es un pueblo de gente emprendedora, atrevida, decidida. Y nos pusimos manos a la obra. Así, se instituyó un Tribunal como lo requería el caso, con el nombramiento de testigos, de un notario, de los actores de la causa y de los promotores de la misma, que en realidad era el que tenía señalado el episcopado como Promotor de las causas en Roma, Mons. Óscar Barba y como subprocurador, Antonio Berumen. Los actores de la causa fueron, no faltaba más, los Caballeros de Colón de aquella ciudad. El proceso se llevó en Zamora, por parte del Obispado, pues la normativa exige que lo inicie el Obispo propio del lugar donde el supuesto mártir padeció el martirio por Cristo. Los testigos fueron 27, de los que 18 eran oculares y los demás lo eran a través de otros que sí eran, pues la distancia en el tiempo no era todavía muy larga, y había y hay parientes del intrépido jovencito, de buena presencia, de juvenil gallardía, de familia adinerada, pero sobre todo de una pasión por Cristo y por la Virgen de Guadalupe que lo llevó a enrolarse en la lucha cristera a pesar de su tierna edad, como se dice.

Tuvieron que pasar 9 años desde el 1° de mayo de 1996 en que se inició el proceso diocesano hasta el 20 de noviembre del 2005, una fecha inolvidable, en que por mandato del Papa Benedicto XVI fue proclamado Beato en la Solemne Misa presidida por el Presidente de la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos, el Cardenal portugués José Saraiva Martins, junto con un grupo de mártires, la mayoría laicos, encabezados por el Licenciado Anacleto González Flores, cuya tumba había visitado en Guadalajara el joven José para pedirle que le concediera también a él la gloria del martirio. El que se la concedió fue el mismo Cristo Rey, que lo puso providencialmente en la causa del Fundador de la Liga de la Defensa de la Fe, sabiendo solo Él, en sus inescrutables designios, que el chiquillo le habría de ganar la carrera al altar al Licenciado.

Todavía recuerdo la estruendosa ovación con que los más de cincuenta mil fieles reunidos en el Estadio Jalisco prorrumpieron en aplausos y jubilosos ademanes, como si aclamaran una hazaña de su equipo preferido, cuando el Legado Papal proclamó mártir de la fe católica a Joselito, junto a una segunda tanda de Mártires mexicanos, la mayoría laicos y algunos sacerdotes, entre los cuales alguno de Veracruz, en el día mismo en que Dios recogió a su Obispo, el querido michoacano Luis Gabriel Cuara Méndez. Pero más recuerdo aún, los acontecimientos del siguiente día, en Sahuayo, la ciudad capital de la conocida Ciénega de Chapala.

Resulta que de acuerdo con el Párroco de Sahuayo y los Caballeros de Colón, nos habíamos atrevido a organizar al día siguiente una celebración en la misma Parroquia donde el joven niño fue bautizado y desde donde salió directo a su martirio. Para ello me comprometí a invitar y convencer al Cardenal Saraiva Martins para que él mismo nos acompañara. Mire, Eminencia, le dije, Sahuayo está a hora y media de Guadalajara, yo me comprometo a llevarlo y a traerlo por la tarde, para que pueda su Eminencia viajar a México y posteriormente a Roma. Se la puse fácil y me puse en las manos del Señor y del mismo Chiquillo, que ya para ese día podría ser intercesor en el Cielo, pues en ese momento ya era Beato. Con alguna pequeña condición, aceptó nuestra propuesta. Y ahí nos fuimos de mañana, aquel 21 de noviembre del 2015. Después de una breve estancia en la Parroquia de San Pedro Caro para descansar y tomar la piccola collazione, como dicen los italianos, proseguimos nuestra peregrinación.

La recepción del Cardenal fue indescriptible. Llegó a Roma, me informaron después, más impresionado de Sahuayo que de Guadalajara. Una multitud nos esperaba desde el crucero de la carretera hacia Cojumatlán con la de Briseñas, con bandas de música, banderitas, confetis y otras linduras, al tiempo que aclamaban al Papa, al Cardenal, y por supuesto a su querido Joselito. Nos fuimos directamente al Panteón, a escasas seis cuadras de la Parroquia del Apóstol Santiago, para hacer un memorial en el mismo lugar de los hechos. Allí estaban las reliquias de José en una hermosísima urna, y de allí las llevamos al Templo sobre los hombros de los Caballeros de Colón, ataviados con sus conocidos ropajes, sus penachos y con sus sables plateados, en medio de una apoteosis delirante, al más puro estilo sahuayense, que tanto impresionó al Purpurado, como arriba dije.

“Querida tía María: estoy sentenciado a muerte”, había escrito algunos días antes. “A las 8 y media llegará el momento que tanto, que tanto he deseado. Te doy las gracias por todos los favores que me hiciste, tú y Magdalena. No me siento capaz de escribirle a mi mamacita. Salúdame a todos y tú, recibe siempre el corazón de tu sobrino que mucho te quiere. Dile a mis papás que nos veremos en el Cielo”.

Durante la solemnísima celebración en la Parroquia del Patrón Santiago, dijo el Cardenal Saraiva: la invocación a Cristo Rey no se le caía de los labios a José, ni la invocación del nombre de María de Guadalupe. Podemos entrever en las exclamaciones de su voz juvenil una gran profecía, la proclamación de una utopía, un pequeño pregón pascual. Anunciar a Cristo Rey es hacer la confesión de fe en el Hijo de Dios vivo, y es un grito de batalla para que los valores del Reino que vino a instaurar Jesús en la tierra sigan vigentes en la querida Nación Mexicana. Igualmente, invocar el nombre de la Guadalupana es una exclamación kerigmática del Evangelio del Tepeyac, cuna del pueblo mexicano, que en la Virgen tiene que encontrar la inspiración para forjar una Patria más justa y fraterna, y en la Madre la ternura necesaria para los momentos difíciles y para acoger como hermanos a los más pobres entre los pobres, a los indígenas, a los que sufren. “Nunca ha sido tan fácil ganarse el cielo”, repetía con frecuencia el futuro Santo. Él se lo ganó a las once de la noche del 10 de febrero de 1928: le taladraron el cuerpo a bayonetazos y le dieron el tiro de gracia en la cabeza; en mis manos tuve la bala que selló su muerte y le abrió las puertas del Reino de los Cielos.

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